lunes, 7 de agosto de 2006

Backstage



SLARTIBARTFAST: I don't know, perhaps I'm old and tired, but I always think that the chances of finding out what's really going on are so absurdly remote that the only thing to do is say hang the sense of it and keep yourself busy. I'd much rather be happy than right any day.
ARTHUR: And are you?
SLARTIBARTFAST: No. That's where it all falls down of course.

"HITCHHIKER'S GUIDE TO THE GALAXY", Douglas Adams


 Imagen fatal y cierta: Los amantes, de Magritte.

martes, 6 de junio de 2006

. . . A veces piensa que escribe porque no entiende otra salida.
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miércoles, 17 de mayo de 2006

Ingenuidad de la ignorancia

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Mañana es una palabra que no la atormenta. No habla en futuro ni en condicional, prefiere el cauce quieto de los días adiestrados.
Mañana es simplemente un conjunto de incertidumbres en ramillete, que arrastra detrás de la espalda, para regocijo de los demás; para que vean -después de todo ella pone especial atención al espectáculo- cómo la tierra las carcome y las asfixia.
No le interesan demasiado las pasiones, los insomnios, las madrugadas punzantes. No teme -ni le atraen- las cornisas fatales de algunos amores, ni olvidarse de la dignidad en un tren de domingo. No está en sus planes decidir, como nunca ha estado, lo que su vida debería ser: mañana verá si hay sol, si lo bebe o lo camina.

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Sabrá mal y tarde, apenas un poco crecida, que tiene un precipio casi bajo los pies, urdiendo artilugios para engullirla.
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Marlango - Pequeño Vals
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Si algún anhelo tuvo, se marchitó de golpe, en un ajamiento imprevisto que no precisó duelo.

miércoles, 26 de abril de 2006

Ese asunto


Pasó sin darle demasiada importancia a su imagen en el espejo. El desayuno, la mañana, los pendientes, todo parecía estar del lado de lo importante.


Volvió pisando su sombra, sin darse cuenta de qué se estaba mirando y comenzó a hablar solo. Un discurso improvisado, nada muy barroco ni muy estructurado; sólo un conjunto de ramilletes gramaticales que se le escapaban de los labios. Al fin lo dijo. Luego de tantos rodeos, apoyando los codos en la cómoda, lo dijo: "un día voy a morirme". Y lo dijo como si a nadie fuera a pasarle. Como si su cuerpo fuera el único destinado a las cenizas. Sintió un escalofrío por la espalda, por las manos, miles de vetas de hormigueo por el alma. Le costaba trabajo, pero sonrió. No era una sonrisa pensada, era solamente la única salida que se le había ocurrido, una sonrisa lastimosa, sin pena, sin dolor, pero con cierta sensación de que las cosas podrían haber sido mejores.


No cuestionó su vida; entendía el pasado como una cadena de recuerdos que a lo sumo podrían ser de utilidad para esquivar errores o justificarlos. No cuestionó su futuro, le parecía que todo estaba donde debía, que sus hijos habían crecido con buena educación, con padres afectuosos, que su mujer lo amaba aunque no se lo dijera, que él la amaba, que lo de la chica de la oficina era un entretenimiento inofensivo, que podía sonreír antes de dormir, que sabía llorar, que aun sentía fluir la vida en los abrazos...


La armonía solía reinar su mirada y en sus gestos. Por eso le sorprendió mirarse al espejo y entender, como si alguien se lo hubiera susurrado al pasar, que todos los placeres del mundo se le iban a escurrir de las manos, quién sabe a qué hora de qué día nefasto.


Cerró los ojos. Apretó los párpados para sentir las arrugas de la piel, bajó la cabeza y respiró sintiendo el gusto del aire. Por un momento nada tuvo sentido. ¿Qué ganaba dando vueltas en la misma calesita diaria? Durante dos minutos se dio por vencido, el tiempo justo que el gato tardó en limpiarse un dedo. Ya no importaban demasiado los goces banales, ni las artes, ni el sexo, ni ese murmullo sublime del roce de una piel con otra. Durante esos dos minutos se sugirió a sí mismo un final abrupto, un suicidio lacrimoso, una carta de despedida que lo explicara todo, o casi todo para generar misterio.


De golpe, sin ninguna provocación, recordó reír. Y recordó todo lo demás; todas las cursilerías, todas las cartas de amor, todos los errores, todos los besos, al menos los importantes, el curso de actuación que no pudo terminar, el color de pelo de la vecina de la planta baja, los ojos inteligentes de su hija menor, el cappuccino del bar de la plaza, el saludo de compromiso de Freytes, la risa contenida ante el saludo de compromiso de Freytes, las medialunas recién hechas, la muerte de los domingos por la tarde.


-La muerte...- cada letra brotaba trabajosamente. Con la penosa seguridad de que nada vale la pena, se dio cuenta de que para sufrir hay que estar despierto, de que para sentir hay que estar atento, de que para vivir hay que estar vivo.
Le costó, pero se dio cuenta de que ese asunto no le importaba tanto.




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lunes, 24 de abril de 2006

Único ladrillo ileso

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Un día lejano y sin registros la música se le agolpó en la piel.


Otro día, o quizás el mismo, su mirada despertó al retiro y a la lluvia.


Hubo alguna vez un minuto en que sus manos nadaron en tinta y comenzaron a frecuentar un territorio infinito, hecho de espirales superpuestos, de vientos ruidosos, de eclipses que sonreían debajo de la primera palabra.


De a poco, cayendo en la madeja de estrellas, se le hizo costumbre la llaga serena, ser relámpago, ver la ira que hace brillar al sol.


Durante un ocaso violento, concentró la tibieza atada en sus ojos y supo que hoy también es un lugar.


Una noche desierta contruyó un barrilete de colores, con un larguísimo cordel, del que tira para indicar, sutilmente, su presencia a las ninfas.


Y hubo una noche luminosa, desapercibida entre las sombras, extranjera y despiadada, en que me miró desde su silencio, sus cuerdas y su esperanza.

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lunes, 17 de abril de 2006

Revolución fallida


Una tras otra fueron cayendo. No sabían acordarse del destino y una tras otra tenían que caer. No supieron reconocer un derrumbe, unas tras otras. No apuraron el paso, no se desorientaron, no se conmovieron al levantar los ojos, iban demasiado una tras otra. Las voces llamaron feroces, invocando al orden y a la mesura. Comenzaron a ir cada vez más unas tras otras. Se desmoronaron frente a los ojos de un espectador mudo que ya no se acordaba de llorar. Cayeron sobre la escena, ateridas y en un montículo, donde ya ninguna podía asegurar que hubieran caído una detrás de la otra.