Las sospechas conjuradas

"El conjuro o Las brujas", oleo sobre lienzo, 1797-98, Goya

Es la suela, la fortaleza, un dolor oscuro, mi bastión insano. Es la única nostalgia que me permito, es la sólida sensación de lo perdido sin haber sido ganado. Es la bruma en mis zapatos, la mañana vacía, la trinchera del verano que se queja de la lluvia, la sutil conexión entre mis pasados. Era el comienzo, era el santuario, era el mundo recién parido. Eran mil ojos agazapados. Eran mis luchas. Y era infinito.
Ya no sabemos si tenemos los pies en el lugar correcto o si están pegados a las manos, detrás de la nuca, saliendo de la boca. Nuestro ritmo de mimetización nos ha dejado exhaustos en la marea que no deja de presionarnos los oídos, confundiéndonos cada vez con mayor éxito.
El único gran problema es siempre la resistencia. La resistencia como la focalización de fuerzas para mantener un estado que no nos contenta del todo, a la espera de la oportunidad que nos dará el mundo, para cambiar (o intentar cambiar) hacia el estado que queremos. Ese tiempo muerto que nos separa de lo que anhelamos consiste sólo en resistir, es decir, simplemente no empeorar. Es por eso que los amantes se juran perpetua espera, mirando hacia el día en que podrán reunirse, aniquilando toda puerta entreabierta que la vida ofrezca porque están seguros de que la recompensa será mayor que todas las posibilidades ofrecidas en el camino. Cuando finalmente vuelvan a estar juntos, quizas puedan simular, sólo por unos segundos, que realmente son aquellos que alguna vez se amaron.