And because of all their tears
Their eyes can't hope to see
The beauty that surrounds them
Isn't it a pity
·R e t a z o s · d e · u n a · b i t á c o r a · r u g o s a ·
Te vienen buscando las huellas. Con todo el dolor para aprender, tu cabeza sigue girando detrás del espanto, en el calabozo húmedo, frío y blanco. Te vienen buscando las venas. Los amores violados te cortan la sangre, las ventanas se apilan en tus pestañas manchadas de culpa, teñidas de llanto. Te vienen buscando los odios. Tu espera se encaja en la muda existencia del puño cerrado, de la ronca agonía, del mundo raído bajo las cobijas. Te vienen buscando las manos de mil penitentes vestidos de fuego, corriendo detrás de tu pena fingida, rasgando las aguas, brotando del miedo.
Con una rutinaria ceremonia sale por una pequeña puerta, saluda, se sienta en una silla aislada y aparentemente indómoda, sus rodillas consienten la presencia del cello entre ellas, se concentra, busca aire, pacencia, perfección. Ajusta los canales expresivos bajo la luz estética del pentagrama y, como por un artificio mágico de una sádica y vengativa musa, ejecuta con pasión la pieza más absurda de la historia musical. Llegado el ansiado silencio, la gente aplaude. Yo agradezco la ausencia de un tardío compás. Y huyo.
Es la suela, la fortaleza, un dolor oscuro, mi bastión insano. Es la única nostalgia que me permito, es la sólida sensación de lo perdido sin haber sido ganado. Es la bruma en mis zapatos, la mañana vacía, la trinchera del verano que se queja de la lluvia, la sutil conexión entre mis pasados. Era el comienzo, era el santuario, era el mundo recién parido. Eran mil ojos agazapados. Eran mis luchas. Y era infinito.
Ya no sabemos si tenemos los pies en el lugar correcto o si están pegados a las manos, detrás de la nuca, saliendo de la boca. Nuestro ritmo de mimetización nos ha dejado exhaustos en la marea que no deja de presionarnos los oídos, confundiéndonos cada vez con mayor éxito.
El único gran problema es siempre la resistencia. La resistencia como la focalización de fuerzas para mantener un estado que no nos contenta del todo, a la espera de la oportunidad que nos dará el mundo, para cambiar (o intentar cambiar) hacia el estado que queremos. Ese tiempo muerto que nos separa de lo que anhelamos consiste sólo en resistir, es decir, simplemente no empeorar. Es por eso que los amantes se juran perpetua espera, mirando hacia el día en que podrán reunirse, aniquilando toda puerta entreabierta que la vida ofrezca porque están seguros de que la recompensa será mayor que todas las posibilidades ofrecidas en el camino. Cuando finalmente vuelvan a estar juntos, quizas puedan simular, sólo por unos segundos, que realmente son aquellos que alguna vez se amaron.
Es probable. Dentro de muchas de las opciones que la realidad ofrecerá, suena factible una caída fatal, un abismo al final de la noche, una emboscada. Parece tan inevitable un deshielo, un golpe mal preparado, un suspiro congelado y roto. Tiene el boleto en la mano y solamente debe decidir usarlo o no. Los caminos le pasan por delante como hormigas cargadas de futuros que van a robarle, y no acierta a salvar uno, porque s o l a m e n t e e s u n o. Elegir significa renunciar a todo lo demás; es simplemente comenzar a tachar lo que no sucederá, confiarle el alma a un solo mercader, sin siquiera saber si uno será capaz de conquistar la risa cada mañana. Elegir le abre un vacío en su pecho empedrado de desconsuelos y tropiezos. Ya no sabe mantenerse en pie, pero le gusta tanto que el viento le aparte el pelo de la cara. Le gusta tanto tener ese boleto en la mano y no saber realmente hacia dónde volcar sus miedos y las arrugas del alma. Le parece doloroso y bellísimo usar el poder de caminar un sendero sin huella y sin horizonte, de abrirle paso a unas pupilas desorientadas y sedientas, de jugar del otro lado (siempre del otro lado), de acostarse a dormir en los ojos de alguien, que esa noche la eligió a ella, aun sin saberlo. 
Sabe muy bien que va a caerse; hace más de media hora que intenta sostenerse, pero sabe muy bien que, apenas dé un paso en falso, todo su cuerpo caerá, todo su orgullo caerá, vuelto un fardo que apenas sí notarán los caminantes menos dedicados. Demora esa inevitable caída lo más que puede, mientras se pregunta si realmente vale la pena demorar algo; si no sería mejor, después de todo, aceptar que el equilibrio estable jamás va a ocurrirle y dejar de buscarlo como si fuera un síntoma de urbanidad. La demora automáticamente, como se demoran las partidas, las risas, el final de las canciones. Ya no entiende muy bien qué lo incitó a ese vértigo, pero le parece vital seguir soportando -con las suelas incrustadas en el cemento- todo su peso, el de los fantasmas, el de su sombra. Y cuando realmente el mareo que le invade las entrañas pueda más que su tenacidad, apelando a una ingenuidad casi indestructible, tan sólo espera que el mundo le dé una tregua para volver a subirse sin que muchos se den cuenta.

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De los graffitis capturados, de inusual complejidad y belleza.




Adiestrar los añicos anímicos
colgando del penúltimo hilo
juzgar las tragedias
compartir anónimamente la fatalidad
de reloj cobarde, de la angustia incipiente.
Deshacer la febril sensación de lo efímero
de la tortura insulsa
-si-ni-siquiera-sabe-a-dolor.
Padecer silenciosamente la sonrisa pintada
retrato de la agitación interna
y jamás olvidar la apariencia alegre
que reviste los muros corporales.
Amenazar al fracaso, asesinar al miedo
cosechar los buenos gestos del destino
y nunca ceder a la tentación de mirar atrás
nunca sospechar la evidente mentira.
